"El museo de cera" de Jorge Edwards

"El museo de cera" de Jorge Edwards
"El museo de cera" de Jorge Edwards
Jorge Edwards, “El museo de cera”, Ed. Tusquets, 1981

AUTOR

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SINOPSIS

Jorge Edwards nos propone “El museo de cera” una lúcida parábola del pensamiento reaccionario en forma de sátira implacable. Su protagonista, el supuesto marqués de Villa-Rica, exponente del sector más tradicional de la sociedad chilena, es un afrancesado que, en un mundo de televisores y helicópteros, vive anclado en el pasado: sale de su palacio en carroza, se viste con levita, usa bastón con empuñadura de plata y parece tan alejado de la electrónica japonesa como de las chinganas y picanterías coloniales de la ribera del río.

CONCLUSIÓN

El museo de cera” es una novela corta, un divertimento ligero pero entretenido, escrito con maestría e inteligencia.

Parece que es ya algo inevitable: cada vez que cae en mis manos algo de literatura hispanoamericana es una nueva oleada de entusiasmo, algo que sólo muy de vez en cuando me ocurre con cualquier otra narrativa, incluida la española. Da igual que sean autores ya conocidos o recién descubiertos, hay algo, por muy diferentes que sean los textos, que me atrapa, no sé, una atmósfera, un tono, quizá simplemente un prejuicio por mi parte. Pero en todo caso lo disfruto, que es lo que importa, ¿no?

Esta vez se trata de una novelita breve del chileno Jorge Edwards que gira en torno al marqués de Villa-Rica, uno de esos personajes que se fijan en la memoria del lector y no se olvidan jamás. El marqués es un caballero ya maduro, que en tiempos mantuvo una actividad política significativa como representante del Partido de la Tradición, y en la época (no determinada, aunque más o menos identificable) en que transcurre el relato se ha convertido en algo así como una especie prehistórica que por algún motivo extraordinario ha pervivido al margen el paso del tiempo. El hombre vive en su regio caserón en medio de la ciudad y, ante el asombro general, se desplaza en un carruaje y viste sus polainas como si los cien años anteriores no hubiesen transcurrido.

Es un personaje ridículo, sí, pero muy pronto le vemos el lado humano. Lejos del despotismo o la soberbia, el marqués aparece como un hombre más bien tierno, que simplemente ignora cómo el mundo ha progresado a su alrededor, se mantiene en sus tradiciones porque es lo que conoce y todo se encuentra cómodo, y disfruta sin complicaciones de la charla en el club de siempre, donde otros contertulios despotrican o conspiran contra los nuevos tiempos. En su simpleza, el marqués es una isla cronológica, más por convicción que por ingenuidad, y en este sentido es posible ver el relato como una alegoría en torno a una clase social que se aferra a un mundo ya superado. El aroma decadente recuerda un poco a “Un mundo para Julius” de Bryce Echenique, pero en este caso su elevación a caricatura lo aproxima más al esperpento de Valle-Inclán con el que comparte también algunos otros elementos, aunque el tratamiento tampoco es del todo identificable: el marqués de Villa-Rica no es un personaje deformado, no hay rastro de deshumanización sino más bien lo contrario, resulta risible porque está perplejo ante lo que le rodea, simplemente ignora el entorno y se resiste a abandonar la vida que le gusta. Lo cual son debilidades muy humanas.

Pero esa falta de adaptación es el menor de los problemas del marqués. Casado con una mujer cañón treinta años menor, su relación es poco menos de platónica y desde luego bastante endeble, y pronto descubre una flagrante infidelidad ante la que reacciona de forma inesperadamente original: aparte de expulsar a la adúltera, encarga una escultura a tamaño natural que reproduzca la escena del crimen sin escatimar detalle, con la idea de reducir la traición de un mero objeto, sin historia ni alma. Al trabajar amistad con el escultor, un artista figurativo tradicional, también al margen de las vanguardias, el marqués inicia una inmersión en la parte oscura de la ciudad. Se adentra así en barrios marginales, entre gentes desinhibidas y garitos de distinta especie, donde fluye el alcohol y las costumbres relajadas. El hombre se siente como en otro planeta pero termina por cogerle afición a esos ambiente, en los que es recibido con algo de sorna pero con naturalidad. Este descenso a los supuestos infiernos es casi un lugar común en la literatura, pero en este caso sin rastro de crudeza, quizá porque nuestro personaje no deja de ser un inadaptado que aterriza en un mundo de inadaptados.

Como vamos viendo, asistimos a situaciones bastante usuales pero tratadas siempre desde una perspectiva ligeramente oblicua, y así ocurrirá también con el resto de personajes: la nueva y peculiar relación del marqués con su todavía esposa está llena de matices en las dos direcciones; la Cocinera, así, con mayúscula, es un extraño personaje conspirativo que oscila entre el integrismo y la ambición; y Serafín, el amigo y confidente del club, va virando hacia la intransigencia frente a las debilidades de nuestro protagonista. Hasta la revuelta que estalla en las calles merece cierta comprensión: el marqués, aunque víctima obvia de los revolucionarios, asiste al despojo de sus bienes como quien es testigo de un fenómeno meteorológico. Todo ello expuesto con el agudo sentido del humor que empapa todo el texto.

No me recreo en las alabanzas. Como novela construida casi exclusivamente en torno a un protagonista, el argumento le falta quizá algo de desarrollo, darle salida a esa pequeña historia que en mi opinión termina algo deshilachada.

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